Los ensayos
Los ensayos JUZGAR DE LA MUERTE AJENA
a | Cuando juzgamos sobre la seguridad de alguien en la muerte, que es sin duda la acción más notable de la vida humana, debemos tener una cosa en cuenta: que difícilmente nadie cree haber llegado a tal extremo. Poca gente muere convencida de que sea su última hora, y en ninguna otra cosa el engaño de la esperanza nos embauca más. No cesa de gritarnos a los oídos: «Otros han estado más enfermos y no han muerto; la situación no es tan desesperada como piensan; y, en el peor de los casos, Dios ha hecho otros milagros». Y sucede así porque nos prestamos demasiada atención. Parece que la totalidad de las cosas se vea de algún modo afectada por nuestra aniquilación, y se compadezca de nuestro estado. En efecto, cuando nuestra vista sufre una alteración, se representa las cosas también alteradas, y tenemos la impresión de que las cosas se le desvanecen a medida que ella se les desvanece. Así les ocurre a aquellos que viajan por mar: montañas, campos, ciudades, cielo y tierra se mueven de la misma manera y a la vez que ellos:
b | Prouehimur portu, terraeque urbesque recedunt.[1]
[Nos alejamos del puerto, y los campos y las ciudades retroceden].