Los ensayos

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Dejo de lado fiebres y pleuresías. ¿Quién habría jamás pensado que a un duque de Bretaña le asfixiaría la multitud, como le sucedió a aquel en la entrada del papa Clemente, mi vecino, en Lyon?[30] ¿No has visto matar a uno de nuestros reyes mientras se divertía?[31] ¿Y no murió uno de sus antepasados por el choque con un cerdo? Aun cuando Esquilo, amenazado por el derrumbamiento de una casa, se mantuviese alerta, ahí le tenemos, abatido por el caparazón de una tortuga que se le escapó de las patas a un águila que pasaba volando. Otro murió a causa de un grano de uva;[32] un emperador, por el rasguño de un peine cuando se arreglaba el cabello; Emilio Lépido, por golpear con el pie contra el umbral de su puerta; y Aufidio, por haber chocado al entrar con la puerta de la estancia del consejo; y entre los muslos de una mujer, el pretor Cornelio Galo, Tigelino, capitán de la guardia de Roma, Ludovico, hijo de Guido de Gonzaga, marqués de Mantua, y, con aún peor ejemplo, el filósofo platónico Espeusipo y uno de nuestros papas.[33] El pobre juez Bebio, mientras cita a una parte ocho días después, es él el embargado tras expirar el plazo de su vida. Y el médico Cayo Julio se encontraba untando los ojos de un paciente, y de repente la muerte cierra los suyos. Y, si debo referirme a mí: uno de mis hermanos, el capitán Saint Martin, de veintitrés años, que ya había dado suficientes buenas pruebas de valor, estaba jugando a pelota y la bola le golpeó un poco por encima de la oreja derecha, sin ninguna contusión ni herida aparente. No se sentó ni hizo reposo, pero, cinco o seis días después, murió a causa de una apoplejía producida por el golpe. Con tales ejemplos, tan frecuentes y tan comunes, pasándonos ante los ojos, ¿cómo es posible que podamos librarnos del pensamiento de la muerte, y que no nos parezca a cada instante que nos tiene cogidos por el cuello?


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