Los ensayos

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a | Tulio Marcelino, un joven romano, pretendía anticipar la hora de su destino para librarse de una enfermedad que le maltrataba más de lo que él estaba dispuesto a soportar, así que, aunque los médicos le prometieron una curación segura, si no rápida, llamó a sus amigos para deliberar sobre la cuestión. Los unos, dice Séneca, le daban el consejo que por cobardía habrían aceptado para sí mismos; los otros, por adulación, el que pensaban que había de serle más grato. Pero un estoico le habló así: «No te atormentes, Marcelino, como si estuvieras deliberando sobre un asunto importante: vivir no es un gran asunto —tus criados y los animales viven—; morir honesta, sabia y firmemente sí es un gran asunto. Piensa cuánto tiempo llevas haciendo lo mismo: comer, beber, dormir; beber, dormir y comer. Giramos incesantemente en este círculo; no sólo los accidentes desgraciados e insoportables, sino también el hastío de vivir suscita el deseo de la muerte». Marcelino no necesitaba de nadie que le aconsejara, sino de alguien que le prestase ayuda. Los criados temían intervenir, pero el filósofo les hizo comprender que las sospechas sólo recaen en los sirvientes cuando se duda si la muerte del amo ha sido voluntaria; que, de no ser así, tan mal ejemplo sería impedirla como matarlo, pues

Inuitum qui seruat idem facit occidenti.[33]

[Quien salva a alguien a la fuerza hace lo mismo que quien mata].


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