Los ensayos

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a | Ese Pomponio Ático al que escribe Cicerón, encontrándose enfermo, mandó llamar a Agripa, su yerno, y a dos o tres amigos más, y les dijo que había comprobado que nada ganaba con querer curarse y que todo lo que hacía para prolongar su vida, prolongaba y agravaba también su dolor. Que, en consecuencia, había decidido poner fin a ambas cosas, y les rogaba que aceptaran su decisión y que, cuando menos, no perdiesen el tiempo para apartarle de ella. Ahora bien, eligió quitarse la vida mediante el ayuno, pero resultó que la enfermedad se le curó por accidente. El remedio que había empleado para matarse, le devolvió la salud. Los médicos y sus amigos, que celebraban tan feliz acontecimiento y se regocijaban con él, se llevaron un buen chasco, pues no por ello pudieron hacerle cambiar de opinión. Aseguraba que de todos modos algún día había de transitar esa vía, y que, hallándose tan avanzado, quería dispensarse del esfuerzo de volver a empezar de nuevo.[31] Éste, que ha reconocido la muerte detenidamente, no sólo no se desanima al encontrarla, sino que se enardece. Porque satisfecho en aquello por lo cual había trabado combate, se inflama por bravura para ver su fin. Querer tentar y probar la muerte va mucho más allá de no temerla. c | La historia del filósofo Cleantes es muy similar. Tenía las encías hinchadas y podridas; los médicos le aconsejaron que practicara una gran abstinencia. Tras ayunar dos días, mejoró tanto que le proclaman su curación y le permiten restablecer su forma de vida acostumbrada. Él, por el contrario, que saborea ya cierta dulzura en este desfallecimiento, se resuelve a no volverse atrás y a transitar la vía en la que tanto había avanzado.[32]


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