Los ensayos

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Ésta es la carta. Y lo que me lleva a interpretar que el placer que dice sentir en su alma por sus hallazgos atañe en cierta medida a la reputación que esperaba obtener por ellos tras la muerte, es el mandato de su testamento. Con él requiere, en efecto, que Aminómaco y Timócrates, sus herederos, le proporcionen a Hermarco los gastos que ordene para la celebración de su natalicio cada mes de enero, y asimismo para el dispendio que se haría, el día veinte de cada luna, en atención de los filósofos amigos suyos que se reunirían para honrar su memoria y la de Metrodoro.[14]

Carnéades encabezó la opinión contraria, y defendió que la gloria era deseable por sí misma, de igual manera que asumimos nuestros hijos póstumos por ellos mismos, sin conocerlos ni disfrutarlos.[15] Tal opinión no ha dejado de ser seguida con mayor frecuencia, como suele ocurrirles a aquellas que se acomodan mejor a nuestras inclinaciones. c | Aristóteles le confiere el primer rango entre los bienes externos. Evita, como dos extremos viciosos, la falta de moderación tanto para buscarla como para rehuirla.[16] a | Creo que si tuviésemos los libros que Cicerón escribió sobre el asunto, nos las contaría buenas. Porque a este hombre le enloqueció tanto esta pasión que, de haber osado, habría seguramente caído, creo, en el exceso en que cayeron otros: que ni siquiera la virtud era digna de deseo sino por el honor que siempre se obtenía tras ella:[17]


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