Los ensayos

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No quiero, sin embargo, que, por temor a equivocarse por ese lado, nadie se desconozca, ni crea ser menos de lo que es.[3] El juicio debe mantener su derecho en todo y por todo. Es razonable que vea, en este asunto como en lo demás aquello que le muestre la verdad. Si es César, que no tema considerarse el más grande capitán del mundo. No somos más que ceremonia. La ceremonia nos arrastra, y olvidamos la sustancia de las cosas; nos atenemos a las ramas y abandonamos el tronco y el cuerpo. Hemos enseñado a las damas a sonrojarse sólo con oír nombrar aquello que de ninguna manera temen hacer; no osamos llamar por sus nombres a nuestros miembros, y no tememos aplicarlos a toda suerte de licencias. La ceremonia nos prohíbe expresar con palabras las cosas lícitas y naturales, y le hacemos caso; la razón nos prohíbe hacer aquellas que son ilícitas y malas, y nadie le hace caso. Aquí, me encuentro atrapado en las leyes de la ceremonia, pues ésta no permite hablar bien de uno mismo ni hablar mal.[4] Por esta vez, la dejaremos ahí.

Aquéllos a quienes la fortuna —haya que llamarla buena o mala— ha hecho pasar la vida en una posición eminente pueden atestiguar lo que son por medio de sus acciones públicas. Pero aquéllos a los que sólo ha empleado entre la multitud, c | y de los que nadie hablará si no lo hacen ellos, a | tienen excusa si se arrogan la audacia de hablar de sí mismos a quienes tengan interés por conocerlos, siguiendo el ejemplo de Lucilio:


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