Los ensayos
Los ensayos a | Así pues, recuerdo que, desde mi más tierna infancia, señalaban en mí no sé qué disposición del cuerpo y los gestos que atestiguaba cierto vano y necio orgullo. Sobre ello quiero decir, en primer lugar, que no es inoportuno poseer características e inclinaciones tan incorporadas a nosotros que no tengamos manera de sentirlas y reconocerlas. Y de tales tendencias naturales el cuerpo suele retener algún carácter sin nuestro conocimiento y acuerdo. Era cierta afectación acorde con su belleza lo que hacía que Alejandro ladeara un poco la cabeza,[7] y lo que volvía el habla de Alcibíades blanda y grasa.[8] Julio César se rascaba la cabeza con un dedo, que es el gesto de un hombre repleto de pensamientos penosos;[9] y Cicerón, me parece, solía rascarse la nariz,[10] cosa que denota una naturaleza burlona. Tales movimientos pueden producirse imperceptiblemente en nosotros. Hay otros, artificiales, de los que no hablo, por ejemplo saludos y reverencias, con los que se adquiere, casi siempre sin razón, la honra de ser muy humilde y cortés c | —uno puede ser humilde por orgullo—. b | Yo soy bastante pródigo en sombrerazos, sobre todo en verano, y no recibo ninguno sin desquite, sea cual fuere la calidad del hombre que lo da, excepto si lo tengo a sueldo. Desearía que algunos príncipes que conozco fuesen más ahorrativos y justos al dispensarlos, pues, si se esparcen indiscretamente, no surten ya efecto alguno. Si carecen de consideración, carecen de efecto. Entre los portes desordenados, a | no omitamos la altivez del emperador Constancio, que, en público, mantenía siempre la cabeza recta, sin girarla ni doblarla ni a derecha ni a izquierda, ni siquiera para mirar a quienes le saludaban desde un lado, con el cuerpo plantado inmóvil, sin abandonarse a la oscilación del carruaje, sin osar escupir, ni sonarse la nariz, ni secarse la cara delante de la gente.[11]