Los ensayos
Los ensayos De igual modo, a | otra caracterÃstica mÃa es que, entre todas las opiniones que la Antigüedad sostuvo sobre el hombre c | en conjunto, a | las que abrazo más gustosamente y aquéllas a las que más me adhiero, son las que más nos desprecian, envilecen y anulan. No me parece que la filosofÃa lo tenga nunca tan fácil como cuando se opone a nuestra presunción y vanidad, cuando reconoce de buena fe su irresolución, su flaqueza y su ignorancia. Me parece que la madre nutricia de las más falsas opiniones, públicas y privadas, es la opinión demasiado buena que el hombre tiene de sà mismo. Esa gente que monta a caballo sobre el epiciclo de Mercurio, c | que ve tan allá en el cielo, a | me hace rechinar los dientes. En efecto, dado que en el estudio al que yo me dedico, cuyo objeto es el hombre, encuentro una variedad tan extrema de juicios, un laberinto tan profundo de dificultades, unas sobre otras, tanta diversidad e incertidumbre aun en la escuela de la sabidurÃa, podemos pensar que si esa gente no ha podido resolver el conocimiento de sà mismos y de su propia condición, que tiene continuamente ante los ojos, que está en ellos, si no saben cómo se mueve lo que ellos mismos ponen en movimiento, ni de qué manera describirnos y descifrarnos los resortes que poseen y manejan ellos mismos, ¿cómo voy a creerlos sobre la causa del flujo[13] y reflujo del rÃo Nilo. La curiosidad por conocer las cosas fue dada a los hombres como azote, dice la Sagrada Escritura.[14]