Los ensayos
Los ensayos c | ¿Qué no nos muestran tales pueblos? Dionisio el Padre nada valoraba tanto de sí mismo como su poesía.[20] En la estación de los Juegos Olímpicos, junto a carros que superaban a todos los demás en magnificencia, envió también a poetas y músicos para que presentaran sus versos, con tiendas y pabellones dorados y tapizados regiamente. Cuando recitaron sus versos, el favor y la excelencia de la declamación atrajeron al principio la atención del pueblo. Pero cuando, más adelante, sopesó la inepcia de la obra, sintió primero desprecio, su juicio continuó agriándose, cayó enseguida en la furia y se precipitó a derribar y a destrozar por despecho todos sus pabellones. Y como sus carros tampoco lograron éxito alguno en la carrera, y la nave que transportaba a su gente no alcanzó Sicilia, y la tempestad lo empujó y estrelló contra la costa de Tarento, el pueblo dio por cierto que se debía a la ira de los dioses, irritados como él contra ese mal poema. Y hasta los marineros escapados del naufragio secundaban la opinión del pueblo.[21] El oráculo que predijo su muerte pareció también suscribirla de algún modo. Declaraba que Dionisio estaría próximo a su fin cuando hubiese vencido a quienes valían más que él. Él lo interpretó de los cartagineses, que le superaban en poderío. Y, cuando se las había con ellos, solía eludir la victoria y moderarla, para no incurrir en el sentido de la predicción. Pero lo entendía mal, pues el dios señalaba el momento de la victoria que obtuvo en Atenas, por favor e injusticia, sobre los poetas trágicos mejores que él —había hecho concursar su obra, titulada Los leneios—. Poco después de tal victoria, falleció, y en parte por la excesiva alegría que tuvo.[22]