Los ensayos

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[Puedes tener tanta nariz como te sea posible, puedes incluso ser una nariz tan grande que Atlas no querría llevarla si se le pidiera; y aunque fueras capaz de reírte del mismo Latino, no podrías decir más contra mis fruslerías de lo que he dicho yo mismo. ¿Para qué les servirá a tus dientes roerse a sí mismos? Necesitas carne si quieres saciarte. No te canses, sé venenoso contra quienes se admiren; yo sé que esto no vale nada].

No estoy obligado a no decir simplezas, con tal de que no me engañe al reconocerlas. Y equivocarme a sabiendas, me sucede tan a menudo que apenas me equivoco de otra manera. Apenas[111] me equivoco fortuitamente. Es poco atribuir a la ligereza de mi talante las acciones ineptas, dado que no puedo defenderme de atribuirle por lo común las viciosas. Vi un día, en Bar-le-Duc, que le presentaron al rey Francisco II, para honrar la memoria del rey René de Sicilia, un retrato que había hecho de sí mismo.[112] ¿Por qué no es también lícito para cualquiera pintarse con la pluma como él se pintaba con el lápiz?

Así pues, no quiero olvidar tampoco esta cicatriz, muy poco apropiada para exponerla en público: la irresolución, defecto muy inconveniente en la negociación de los asuntos del mundo. Soy incapaz de tomar partido en las empresas dudosas:


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