Los ensayos
Los ensayos Vuelvo de buena gana al asunto de la inepcia de nuestra formación.[134] Su objetivo ha sido, no hacernos buenos y sabios, sino doctos. Lo ha logrado. En vez de enseñarnos a seguir y abrazar la virtud y la prudencia, ha impreso en nosotros la derivación y la etimología. Sabemos declinar «virtud», aunque no sepamos amarla; ignoramos qué es la prudencia de hecho y por experiencia, pero lo sabemos por jerga y de memoria. De nuestros vecinos, no nos basta con saber el linaje, los parentescos y las alianzas; queremos tenerlos como amigos y forjar con ellos algún trato y entendimiento. Nos ha enseñado las definiciones, las divisiones y las particiones de la virtud, como si fueran sobrenombres y ramas de una genealogía, sin mayor cuidado por forjar entre nosotros y ella alguna relación de familiaridad y de trato íntimo. Ha elegido para nuestra instrucción no los libros que contienen las opiniones más sanas y más verdaderas, sino aquellos que hablan el mejor griego y latín, y, entre palabras hermosas, nos ha introducido en la fantasía las inclinaciones más vanas de la Antigüedad. Una buena formación cambia el juicio y el comportamiento, como le sucedió a Polemón, aquel joven griego licencioso, que fue a escuchar por casualidad una lección de c | Jenócrates,[135] a | y no sólo advirtió la elocuencia y la aptitud del profesor, y no sólo se llevó a casa la ciencia de alguna hermosa materia, sino un fruto más evidente y más sólido: la repentina mutación y corrección de su vida anterior.[136] ¿Quién ha experimentado jamás un efecto así a resultas de nuestra enseñanza?: