Los ensayos

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Contamos con dos buenos historiadores que fueron testigos oculares de sus acciones. Uno de ellos, Marcelino, censura con acritud en varios lugares de su historia un decreto suyo por el que prohibió la escuela e impidió enseñar a los retóricos y gramáticos cristianos, y afirma que desearía que esta acción quedara sepultada en el silencio.[9] Es verosímil que, en caso de haber hecho algo más violento contra nosotros, no lo habría omitido, siendo como era muy afecto a nuestro partido. A decir verdad era severo con nosotros, pero no, sin embargo, un cruel enemigo. Nuestra propia gente cuenta de él la historia de que, paseándose un día por los alrededores de la ciudad de Calcedonia, Maris, obispo del lugar, osó llamarlo malvado traidor a Cristo, y él se limitó a responderle: «Ve, miserable, llora la pérdida de tus ojos». El obispo replicó aún: «Doy gracias a Jesucristo por haberme privado de vista para no ver tu rostro insolente». Fingió, según dicen, una paciencia filosófica.[10] Sea como fuere, el hecho no se ajusta mucho a las crueldades que, según se dice, ejerció contra nosotros. Era —dice Eutropio, mi otro testigo—[11] enemigo de la Cristiandad, pero sin recurrir a la sangre.[12]





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