Los ensayos
Los ensayos c | A un soldado de su guardia, exhausto y achacoso, que se le acercó en la calle a pedirle permiso para quitarse la vida, César, mirando su aspecto decrépito, le respondió jocosamente: «¿Crees, pues, que estás vivo?».[61] b | Si cayéramos de una sola vez, no creo que fuésemos capaces de soportar semejante cambio.[62] Pero, llevados de su mano, por una pendiente suave y casi insensible, poco a poco, gradualmente, nos arrastra a ese miserable estado y nos habitúa a él. De tal manera que no sentimos sacudida alguna cuando la juventud muere en nosotros, que es real y verdaderamente una muerte más dura que la muerte completa de una vida languideciente, y que la muerte de la vejez. Pues el salto del mal ser al no ser no es tan grave como lo es el que va de un ser dulce y floreciente a un ser arduo y doloroso.
a | El cuerpo, cuando se encuentra encogido y doblegado, tiene menos fuerza para soportar un peso; lo mismo le ocurre al alma. Hay que enderezarla y levantarla contra el empuje de este adversario. Porque, así como le es imposible descansar mientras le teme, si está segura ante él, también puede jactarse —lo cual casi supera la condición humana— de que es imposible que la inquietud, el tormento, el miedo, siquiera la menor molestia, se alojen en ella:
b | Non uultus instantis tyranni
mente quatit solida, neque Auster
dux inquieti turbidus Adriae,