Los ensayos

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He visto en algún lugar de Apiano, c | me parece, a | una historia semejante.[2] Uno que pretendía escapar a las proscripciones de los triunviros de Roma, para evitar que sus perseguidores le reconocieran, además de estar escondido y disfrazado, añadió la ocurrencia de fingirse tuerto. Cuando recobró un poco más de libertad y quiso deshacer el emplasto que había llevado durante mucho tiempo en el ojo, se encontró con que había perdido efectivamente la vista bajo esa máscara. Posiblemente, la acción de la vista se había embotado por haber permanecido tanto tiempo sin ejercicio y toda la fuerza visiva se había replegado al otro ojo. En efecto, experimentamos manifiestamente que el ojo que mantenemos tapado remite a su compañero una parte de su acción, de suerte que el que resta se agranda y se hincha; asimismo, la ociosidad, con el calor de los vendajes y los medicamentos, pudo muy bien atraerle algún humor podágrico al gotoso de Marcial.

A menudo me he deleitado leyendo en Froissart el voto que un grupo de jóvenes gentilhombres ingleses hizo de llevar el ojo izquierdo vendado hasta pasar a Francia y cumplir alguna hazaña militar contra nosotros, con el pensamiento de que les podría haber sucedido como a los otros y se habrían encontrado tuertos del todo al volver a ver a las amantes por las que habían acometido la empresa.[3]


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