Los ensayos
Los ensayos Tengo un interés familiar en esta consideración. A mi hermano, el señor de Mattecoulon, le invitaron en Roma a secundar a un gentilhombre al que apenas conocía, el cual era defensor y había sido llamado por otro. En el combate se encontró por azar enfrentado con uno que le era más próximo y más conocido —me gustaría que me dieran razón de estas leyes del honor que con tanta frecuencia se oponen a las de la razón y las turban—; tras haberse librado de su hombre, viendo a los dos jefes de la querella todavía en pie e íntegros, acudió a ayudar a su compañero. ¿Qué menos podía hacer?, ¿acaso había de quedarse quieto y mirar cómo mataban, si la suerte lo quería así, a aquél en cuya defensa había acudido? Lo hecho hasta entonces en nada contribuía a la tarea; la querella estaba indecisa. La cortesía que puedes y ciertamente debes tener hacia tu enemigo cuando lo has reducido a una situación difícil y a una gran desventaja, no veo cómo la podrías tener cuando es en detrimento de otros, cuando tú no eres más que un seguidor, cuando la disputa no es tuya. No podía ser ni justo ni cortés poniendo en riesgo a aquel con quien se había comprometido. Así, una recomendación muy rápida y solemne de nuestro rey le libró de las prisiones de Italia.[21]