Los ensayos
Los ensayos b | Es también una especie de cobardía lo que ha introducido en nuestros combates singulares la costumbre de acompañarnos de segundos y terceros y cuartos. Antiguamente, eran duelos; hoy en día son enfrentamientos y batallas. La soledad asustaba a los primeros que la inventaron: c | Cum in se cuique minimum fiduciae esset[16] [Pues todos tenían escasísima confianza en sí mismos]. b | Porque, naturalmente, cualquier compañía aporta consuelo y alivio en el peligro.[17] Antiguamente se valían de terceras personas para impedir que se produjera desorden y deslealtad, c | y para atestiguar la suerte del combate; b | pero, desde que se adoptó el procedimiento de que ellos mismos intervengan, ningún invitado puede permanecer honestamente como espectador, no sea que le achaquen falta de afecto o de valor. Además de la injusticia y la villanía de tal acción, empeñar en la protección de vuestro honor otra valentía y otra fuerza que las propias, encuentro que es una desventaja, para un hombre de bien y que confíe plenamente en sí mismo, mezclar su suerte con la de un segundo. Bastante riesgo corre cada cual por sí mismo sin haberlo de correr también por otro, y bastante trabajo tiene para confiar en su propio valor en defensa de su vida, sin haber de encomendar cosa tan apreciada a manos terceras. Porque si no se ha negociado expresamente lo contrario, los cuatro forman un bando unido. Si abaten a vuestro segundo, tenéis que encargaros de dos, con razón. Y decir que es un fraude, verdaderamente lo es, como atacar bien armado a un hombre que no tiene más que un pedazo de espada, o, del todo sano, a un hombre que ya está muy herido. Pero si son ventajas ganadas en el combate, podéis emplearlas sin reproche. Sólo se valora y considera la disparidad y desigualdad de la situación en que se entabla pelea; del resto, echad la culpa a la fortuna. Y aunque tengáis, completamente solo, a tres encima porque vuestros dos compañeros se han dejado matar, no se os hace más injusticia que la que haría yo si, en la guerra, golpease con la espada al enemigo que viera encima de uno de los nuestros con la misma ventaja. La naturaleza de la asociación comporta, cuando se trata de ejército contra ejército —como cuando nuestro duque de Orleans desafió a Enrique, rey de Inglaterra, cien contra cien;[18] c | trescientos contra otros tanto, como los argivos contra los lacedemonios;[19] tres frente a tres como los Horacios contra los Coriacios—,[20] b | que la multitud de cada parte sea considerada como un hombre solo. Ahí donde hay compañía, el riesgo es confuso y mezclado.