Los ensayos

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c | Alguien escribe aun en nuestros días haber visto en estas naciones orientales la costumbre en vigor de que no sólo las esposas sino también las esclavas de las que ha gozado se entierren con sus maridos. Se hace de la siguiente manera. Al fallecer el marido, la viuda puede, si quiere —pero pocas lo quieren—, pedir dos o tres meses de plazo para arreglar sus asuntos. Cuando llega el día, monta a caballo, engalanada como para una boda, y, con gesto alegre, va, según dice, a dormir con su esposo, llevando en la mano izquierda un espejo y en la otra una flecha. Tras pasearse así espléndidamente, acompañada de amigos y parientes, y de una multitud festiva, la conducen de inmediato al lugar público destinado a tales espectáculos. Es una gran plaza, en medio de la cual hay un foso lleno de leña, y, junto a él, un lugar alzado cuatro o cinco escalones, donde la llevan y le sirven una magnífica comida. Después, empieza a bailar y a cantar, y ordena, cuando le parece bien, que enciendan el fuego. Hecho esto, desciende y, cogiendo de la mano al pariente más cercano de su marido, se dirigen juntos al río cercano, donde se desviste hasta quedar del todo desnuda, y distribuye sus joyas y ropas a sus amigos y va sumergiéndose en el agua, como para lavar sus pecados. Al salir, se envuelve con un lienzo amarillo de catorce brazas de largo y, dando la mano de nuevo al pariente de su marido, vuelven al montículo, donde ella habla al pueblo y recomienda sus hijos, si los tiene. Entre el foso y el montículo, suele pasarse una cortina, para privarles de la visión de ese horno ardiente —cosa que algunas prohíben para demostrar más valor—. Cuando acaba de hablar, una mujer le ofrece un vaso lleno de aceite para untarse la cabeza y el cuerpo entero, que lanza al fuego cuando termina, y, al instante, se arroja ella misma. En ese momento el pueblo tira sobre ella una gran cantidad de leños para impedir que languidezca, y toda su alegría se troca en duelo y tristeza. Si se trata de personas de clase inferior, se conduce el cadáver al lugar donde se quiere enterrarlo, y allí se le sienta, con la viuda de rodillas ante él, abrazándolo estrechamente, y se mantiene en tal posición mientras se construye a su alrededor un muro. Cuando éste alcanza la altura de los hombros de la mujer, uno de los suyos le coge la cabeza por detrás y le tuerce el cuello. Y una vez que ha rendido el espíritu, el muro es rápidamente alzado y cerrado, y quedan sepultados.[14]


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