Los ensayos
Los ensayos c | Un joven señor turco efectuó una notoria hazaña personal a la vista de dos ejércitos, el de Amurat y el de Huniada, listos para atacarse. Cuando Amurat le preguntó qué le había llenado, tan joven e inexperto —pues era la primera guerra que veía—, de tan noble vigor de ánimo, respondió que su preceptor supremo en materia valentía había sido una liebre: «Un día, cuando me hallaba cazando», dijo, «descubrí una liebre en su madriguera, y, aunque tenía dos excelentes lebreros a mi lado, me pareció, para no fallar, que era mejor que empleara el arco, pues me otorgaba una gran ventaja. Empecé a disparar mis flechas, y hasta cuarenta que llevaba en el carcaj, sin lograr no ya alcanzarla, sino siquiera despertarla. Al cabo, lancé tras ella a mis perros, que tampoco consiguieron nada. Aprendí de este modo que su destino le había protegido, y que ni disparos ni espadas surten efecto sin el permiso de nuestra fatalidad, que no podemos ni adelantar ni hacer retroceder».[26] Este relato debe servir para que, de paso, veamos hasta qué punto nuestra razón cede ante toda suerte de imágenes. Un personaje grande por edad, por nombre, por dignidad y por saber se ufanaba ante mí de que le había llevado a cierta mutación muy importante de su fe una incitación externa tan insólita, y además tan poco concluyente, que me pareció más fuerte en sentido contrario. Él la llamaba milagro, y yo también, en otro sentido.[27] Dicen sus historiadores que la convicción de la fatal e implacable prescripción de sus días, popularmente difundida entre los turcos, les ayuda manifiestamente a darles seguridad en los peligros.[28] Y conozco a un gran príncipe que saca feliz provecho de ella, ya se la crea, ya la tome como excusa, para arriesgarse de manera extraordinaria. ¡Ojalá la fortuna no se canse demasiado pronto de respaldarlo![29]