Los ensayos

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CAPÍTULO XXXIII

LA HISTORIA DE ESPURINA

a | La filosofía no piensa haber empleado mal sus medios cuando ha entregado a la razón el dominio supremo de nuestra alma, y la autoridad de contener nuestros deseos. Entre los cuales, quienes creen que no hay otros más violentos que los generados por el amor, tienen a favor de su opinión el hecho de que afectan tanto al cuerpo como al alma, y de que poseen al hombre entero,[1] de suerte que aun la salud depende de ellos, y la medicina se ve en ocasiones forzada a servirles de alcahuetería. Pero, por el contrario, cabría también decir que la mezcla del cuerpo conlleva cierta atenuación y cierto debilitamiento, pues tales deseos están sujetos a saciedad y son susceptibles de remedios materiales. Muchos, queriendo librar sus espíritus de las alarmas continuas que les producía esta apetencia, se han servido de la incisión y de la mutilación de las partes agitadas y alteradas. Otros han abatido por entero su fuerza y ardor mediante la asidua aplicación de cosas frías, como nieve, y de vinagre. Los cilicios de nuestros abuelos tenían este uso; se trata de una materia tejida de crin de caballo, con la cual algunos se hacían camisas, y otros, ceñidores para atormentar los riñones.


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