Los ensayos

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Un príncipe me decía no hace mucho que, siendo joven, un día de fiesta solemne en la corte del rey Francisco I, en el cual todo el mundo iba engalanado, se le antojó vestirse con un cilicio de su padre, que todavía está en su casa; pero que, pese a toda su devoción, no pudo tener la paciencia de esperar hasta la noche para desvestirse, y estuvo enfermo durante mucho tiempo por su causa. Añadía que no pensaba que hubiese ardor juvenil tan violento que no pudiera mitigarse con el uso de este remedio.[2] Sin embargo, tal vez no ha experimentado los más hirientes, pues la experiencia nos muestra que una emoción de esta clase persiste muchas veces bajo hábitos rudos y miserables, y que los cilicios no siempre vuelven tan desdichados a quienes los llevan. Jenócrates procedió con más rigor. Sus discípulos, para poner a prueba su continencia, le metieron en la cama a Lais, la hermosa y célebre cortesana, completamente desnuda, salvo las armas de su belleza y sus retozones atractivos, sus filtros. Él, sintiendo que, a pesar de sus razonamientos y preceptos, el cuerpo, reacio, se le empezaba a amotinar, hizo que le quemaran los miembros que habían prestado oídos a la rebelión.[3] En cambio, las pasiones que residen enteramente en el alma, como la ambición, la avaricia y otras, dan mucho mayor trabajo a la razón, pues ésta no puede encontrar otra ayuda en ellas que la de sus propios recursos, y, además, tales deseos no son susceptibles de saciedad. Incluso se avivan y aumentan con el goce.[4]


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