Los ensayos

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Arria, esposa de Cecina Peto, personaje consular, fue madre de otra Arria, esposa de Trásea Peto, aquél cuya virtud fue tan reputada en tiempos de Nerón,[6] y, por medio de este yerno, abuela de Fannia, pues la semejanza entre los nombres de estos hombres y mujeres, y entre sus fortunas, ha confundido a muchos. Esta primera Arria, al ser hecho prisionero Cecina Peto, su marido, por los hombres del emperador Claudio, tras la derrota de Escriboniano, cuyo partido había seguido, suplicó a quienes le conducían cautivo a Roma que la admitieran en su embarcación, donde ella les causaría mucho menos gasto e incomodidad que las numerosas personas que precisarían para el servicio de su marido, y que ella sola proveería a su habitación, a su cocina y a todas las demás obligaciones. La rehusaron; y ella, precipitándose a un pesquero que alquiló de inmediato, le siguió de esta manera desde la Eslavonia. Cuando se encontraban en Roma, un día, en presencia del emperador, Junia, viuda de Escriboniano, se le acercó amistosamente, por la coincidencia entre sus fortunas, pero ella la rechazó rudamente con estas palabras: «¿Hablarte yo a ti, o escucharte, a ti en cuyo regazo Escriboniano fue asesinado, mientras que tú vives aún?», dijo. Estas palabras, con muchos otros signos, hicieron notar a sus padres que estaba a punto de quitarse la vida, incapaz de soportar la fortuna de su marido. Y Trásea, su yerno, le suplicó a este propósito que no quisiera destruirse, y le habló así: «¿Qué?, si yo estuviera expuesto a igual fortuna que Cecina, ¿querrías que mi esposa, tu hija, hiciera lo mismo?». Ella respondió: «Pues ¿cómo?, ¿si lo querría? Sí, sí, lo querría, si ella hubiese vivido tanto tiempo y en tan perfecto acuerdo contigo como yo lo he hecho con mi esposo». Tales respuestas aumentaron la inquietud que se tenía por ella, y hacían que se mirara más de cerca su comportamiento. Un día, tras decir a quienes la vigilaban: «Por más que hagáis, podéis conseguir que muera peor, pero no podréis evitar que muera», se alzó furiosamente de la silla en la que estaba sentada y corrió con toda su fuerza a golpearse la cabeza contra la pared cercana. A resultas del golpe cayó tan larga como era, sin sentido y gravemente herida. Cuando lograron a duras penas que volviera en sí, dijo: «Ya os decía que si me rehusabais una manera fácil de matarme elegiría otra por difícil que fuera». El final de una virtud tan admirable fue éste: como su marido, Peto, no tenía suficiente firmeza de ánimo por sí mismo para darse la muerte a la cual la crueldad del emperador le forzaba, un día cualquiera, tras emplear primero los razonamientos y las exhortaciones propias del consejo que le daba de hacerlo, cogió el puñal que llevaba su marido y, empuñándolo desnudo, para concluir su exhortación, le dijo: «Hazlo así, Peto».


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