Los ensayos
Los ensayos Simón Thomas era un gran médico de su tiempo. Me acuerdo que, encontrándome un dÃa en Toulouse, en casa de un rico anciano aquejado de pulmonÃa, y tratando con él sobre los medios para curarlo, le dijo que uno de ellos era darme ocasión de complacerme en su compañÃa, y que si fijaba los ojos en la frescura de mi semblante, y el pensamiento en la alegrÃa y el vigor de que rebosaba mi adolescencia, y henchÃa todos sus sentidos de la condición floreciente en la que yo me hallaba entonces, podÃa mejorarse su estado.[4] Pero se olvidaba de decir que también el mÃo podÃa empeorar.
a | Galo Vibio forzó el alma hasta tal extremo, para comprender[5] la esencia y los movimientos de la locura, que perdió el juicio, de manera que nunca más pudo recuperarlo —y podÃa ufanarse de haberse vuelto loco por sabidurÃa—.[6] Algunos anticipan la mano del verdugo por culpa del terror. Y aquel al que desataban para leerle su indulto, cayó muerto en redondo sobre el patÃbulo, por el mero golpe de la imaginación. Sudamos con abundancia, temblamos, palidecemos y nos ruborizamos por las sacudidas de nuestras figuraciones, y, tumbados en la cama, sentimos el cuerpo agitado por su impulso, a veces hasta la expiración. Y la fogosa juventud se acalora tanto que satisface en sueños sus deseos amorosos:
Vt quasi transactis saepe omnibus rebus profundant