Los ensayos

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Y al mismo tiempo, tan pronto calmaba la acritud del dolor que les veía sufrir con suaves palabras, como endurecía su voz para reprenderlos: «¿Dónde están», se preguntaba, «esos bellos preceptos de la filosofía?, ¿qué se ha hecho de cuanto hemos atesorado todos estos años contra las adversidades de la fortuna? ¿Acaso desconocíamos la crueldad de Nerón? ¿Qué otra cosa podíamos esperar de quien mató a su madre y a su hermano, sino que también mandara a la muerte a su preceptor, que le educó y crió?». Tras decir estas palabras a todos, se vuelve hacia su mujer y, abrazándola estrechamente, como, debido a la pesadumbre del dolor, se estaba quedando sin ánimo y sin fuerzas, le rogó que afrontara con un poco más de firmeza la adversidad, por el amor que le profesaba; y que había llegado la hora en la que él tenía que mostrar, no ya con razonamientos ni discusiones, sino de hecho, el fruto que había extraído de sus estudios,[11] y que sin duda abrazaba la muerte no sólo sin dolor, sino con alegría: «Así pues, amiga mía», dijo, «no la deshonres con tus lágrimas, para que no parezca que te amas más de lo que amas mi reputación; apacigua tu dolor y consuélate con el conocimiento que has tenido de mí y de mis acciones; orienta el resto de tu vida según las honestas ocupaciones a las que estás entregada». Paulina, que se había recuperado un poco, y había reavivado la magnanimidad de su corazón, respondió con nobilísimo afecto: «No, Séneca, no estoy dispuesta a dejarte sin mi compañía en un trance así; no quiero que pienses que los virtuosos ejemplos de tu vida no me han enseñado todavía a saber morir bien; y ¿cuándo podría hacerlo mejor, más honestamente, más a mis gusto, que contigo? Por tanto, hazte a la idea de que me voy al mismo tiempo que tú». Entonces, Séneca, aceptando una decisión tan bella y gloriosa de su mujer, y también para librarse del temor de abandonarla tras su muerte a la merced y crueldad de sus enemigos, dijo: «Te había aconsejado lo que servía para orientar más felizmente tu vida. Prefieres, pues, el honor de la muerte; en verdad no te lo rehusaré. Que la firmeza y la resolución sean similares en nuestro fin común, pero que la belleza y la gloria sean más grandes por tu parte». Dicho esto, les cortaron al mismo tiempo las venas de los brazos; pero, dado que las de Séneca, estrechadas tanto por la vejez[12] como por el ayuno, daban a la sangre un curso demasiado lento y demasiado débil, ordenó que le cortaran también las venas de los muslos; y, por miedo a que el tormento que sufría enterneciera el corazón de su esposa, y para librarse además él mismo de la aflicción que soportaba al verla en tan lastimoso estado, tras despedirse muy amorosamente de ella, le rogó que permitiera que se la llevaran a la habitación contigua, como se hizo. Pero, como todas estas incisiones son todavía insuficientes para causarle la muerte, ordena a Estacio Anneo, su médico, que le dé un brebaje venenoso, que tampoco surtió mucho efecto, pues, dada la debilidad y frialdad de sus miembros, no pudo alcanzar hasta el corazón. De esta manera, se le hizo preparar además un baño muy caliente; y entonces, sintiendo próximo su fin, mientras conservó el aliento, continuó sus magníficos discursos sobre el estado en que se hallaba, que sus secretarios recogieron hasta que ya no pudieron oír su voz; y sus últimas palabras mantuvieron mucho tiempo después el crédito y el honor entre los hombres —es para nosotros una pérdida muy enojosa que no nos hayan llegado—. Cuando sintió los últimos signos de la muerte, cogiendo agua llena de sangre del baño, roció su cabeza mientras decía: «Ofrezco este agua a Júpiter el Liberador». Advertido Nerón de todo esto, temiendo que le reprocharan la muerte de Paulina, que era una de las damas romanas mejor emparentadas y hacia la cual no albergaba ninguna enemistad particular, envió a toda prisa a que le curaran las heridas, cosa que hicieron sus sirvientes sin que ella se diera cuenta, pues estaba ya medio muerta sin sensibilidad alguna. Y el tiempo que vivió después, en contra de su intención, lo vivió muy honorablemente y como correspondía a su virtud, mostrando por la extrema palidez de su semblante hasta qué punto había evacuado su vida a través de sus heridas.


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