Los ensayos
Los ensayos Pompeya Paulina, joven y nobilísima dama romana, había desposado a Séneca en su extrema vejez. Nerón, su buen discípulo, le mandó a éste uno de sus esbirros para anunciarle la orden de su muerte.[10] Lo cual se hacía así: cuando los emperadores romanos de aquel tiempo habían condenado a algún hombre de calidad, le comunicaban por medio de sus oficiales que eligiera una muerte a su gusto, y que se la diera en tal o cual plazo, que le hacían prescribir según el vigor de su cólera, a veces más breve, a veces más dilatado; le concedían un término para que durante ese tiempo dispusiera de sus asuntos, y en alguna ocasión le privaban de la posibilidad de hacerlo por la brevedad del tiempo; y si el condenado se resistía a la orden, llevaban hombres capaces de ejecutarla cortándole las venas de los brazos y de las piernas, o haciéndole engullir un veneno a la fuerza; pero las personas de honor no esperaban a esta necesidad, y se valían de sus propios médicos y cirujanos para tal efecto. Séneca escuchó su acusación con semblante apacible y confiado, y después pidió papel para redactar su testamento. Al rehusárselo el capitán, se vuelve hacia sus amigos y les dice: «Puesto que no puedo dejaros otra cosa en reconocimiento por cuanto os debo, os dejo al menos lo más hermoso que tengo, a saber, la imagen de mi comportamiento y de mi vida, que os ruego que conservéis en vuestra memoria, a fin de que, al hacerlo, os granjeéis la gloria de amigos auténticos y verdaderos».