Los ensayos

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Realizó la más excelente producción que pueda existir en contra del orden natural, pues el nacimiento común de las cosas es imperfecto; aumentan y cobran fuerza con el crecimiento. La infancia de la poesía y de muchas otras ciencias la volvió madura, perfecta y cumplida. Por tal motivo, podemos llamarlo el primero y el último de los poetas, secundando el hermoso testimonio que la Antigüedad nos legó sobre él: que ni tuvo a nadie anterior a quien imitar, ni tampoco a nadie tras él que pudiera imitarlo.[9] Sus palabras, según Aristóteles, son las únicas palabras que poseen movimiento y acción; son las únicas palabras sustanciales.[10] Cuando Alejandro el Magno encontró, entre los despojos de Darío, un rico cofrecillo, ordenó que se lo reservaran para poner su Homero, diciendo que era su mejor y más fiel consejero en asuntos militares.[11] Por la misma razón, decía Cleómenes, hijo de Anaxándridas, que era el poeta de los lacedemonios, pues era muy buen maestro en el arte militar.[12] Le ha quedado también la singular y particular alabanza de ser, a juicio de Plutarco, el único autor del mundo que jamás ha saciado ni aburrido a los hombres, porque siempre se muestra muy distinto a los lectores y siempre florece con nueva gracia.[13] El travieso de Alcibíades le pidió a uno que hacía profesión de letras un libro de Homero, y le propinó una bofetada porque no tenía ninguno[14] —igual que si alguien encontrara a uno de nuestros sacerdotes sin breviario—. Jenófanes se quejaba un día a Hierón, tirano de Siracusa, de ser tan pobre que no tenía con qué alimentar a un par de sirvientes: «¿Y qué?», le respondió, «Homero, que era mucho más pobre que tú, alimenta a bastantes más de diez mil, aunque esté muerto».[15] c | ¿Qué no decía Panecio cuando llamaba a Platón el Homero de los filósofos?[16] a | Además, ¿qué gloria puede compararse a la suya? Nada hay que viva en boca de los hombres como su nombre y sus obras; nada hay tan conocido y tan aceptado como Troya, Helena y sus guerras, que acaso jamás existieron. Nuestros hijos llevan aún los nombres que él forjó hace más de tres mil años. ¿Quién no conoce a Héctor y a Aquiles? No sólo algunas estirpes particulares, sino la mayoría de las naciones buscan origen en sus invenciones.[17] Mahomet, segundo de este nombre, emperador de los turcos, al escribir a nuestro papa Pío II, dice: «Me asombro de que los italianos me hagan la guerra, habida cuenta que tenemos nuestro común origen en los troyanos, y que yo tengo, como ellos, interés en vengar la sangre de Héctor contra los griegos, a los cuales favorecen contra mí».[18] ¿No es una noble farsa en la cual reyes, Estados y emperadores interpretan su personaje durante tantos siglos y a la cual todo este gran universo sirve de teatro? Siete ciudades griegas se enzarzaron en un debate por el lugar de su nacimiento, hasta este punto su misma oscuridad le procuró honor:


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