Los ensayos
Los ensayos c | Que abandone esta preocupación a los cómicos y a los maestros de retórica, que tanto caso hacen de nuestros gestos. Que se atreva a permitir al dolor una cobardía vocal, si no cordial ni estomacal, y que atribuya tales quejas voluntarias al género de los suspiros, sollozos, palpitaciones y palideces que la naturaleza ha excluido de nuestro poder. Con tal de que no haya terror en el ánimo, ni desesperación en las palabras, que se dé por satisfecha. ¿Qué importa que demos el brazo a torcer, mientras no demos a torcer los pensamientos? Ella nos forma para nosotros mismos, no para los demás; para ser, no para parecer. a | Que se limite a dirigir nuestro entendimiento, cuya instrucción ha asumido;[11] que, en los ataques de cólico, mantenga el alma capaz de reconocerse, de seguir su curso acostumbrado, oponiéndose al dolor y resistiéndolo, sin postrarse ignominiosamente a sus pies, alterada y enardecida por el combate, pero no abatida ni trastornada, c | capaz hasta cierto punto de conversación, y de realizar otro quehacer. a | En adversidades tan extremas es cruel exigirnos una actitud tan mesurada. Si nuestras cartas son buenas, poco importa que tengamos mal aspecto.[12] Si el cuerpo encuentra alivio quejándose, que lo haga; si el movimiento le complace, que se revuelva y agite a su antojo; si le parece que el dolor se desvanece en alguna medida por lanzar un grito con mayor violencia —como algunos médicos dicen que ayuda al alumbramiento de las mujeres encintas—, o si distrae su tormento, que grite con todas sus fuerzas.[13] c | No le ordenemos al grito que salga, pero permitámoslo. Epicuro no sólo perdona[14] a su sabio gritar en los tormentos, sino que se lo aconseja.[15] Pugiles etiam, quum feriunt in iactandis caestibus, ingemiscunt, quia profundenda uoce omne corpus intenditur, uenitque plaga uehementior[16] [Los púgiles gimen al lanzar los cestos porque, al emitir la voz, todo el cuerpo se pone en tensión y el golpe llega con más vehemencia]. a | Bastante tormento tenemos con el dolor sin que nos atormentemos por estas reglas superfluas. Lo digo para excusar a quienes solemos ver que vociferan en las sacudidas y en los asaltos de esta enfermedad. Porque, en cuanto a mí, la he pasado hasta el momento con una disposición un poco mejor, c | y me contento con gemir sin chillar.[17] a | No es, sin embargo, que me preocupe por mantener esta decencia exterior, pues hago poco caso de tal conveniencia —en esto cedo al dolor a su antojo—, pero o mis dolores no son tan extremos, o empleo en ello más firmeza que la mayoría. Me quejo, me irrito, cuando las violentas punzadas me oprimen, pero no llego a la desesperación, c | como aquél,