Los ensayos
Los ensayos Sobre esto quiero referir dos cuentos. El barón de Caupene en Chalosse y yo compartimos el derecho de patrocinio de un beneficio de gran extensión, al pie de nuestras montañas, que se llama Lahontan.[86] Sucede con los habitantes de este rincón lo que se dice de los del valle de Angrogne:[87] tenían una vida aparte, las formas, los vestidos y los comportamientos aparte; regidos y gobernados por ciertas instituciones y costumbres particulares, heredadas de padres a hijos, a las que se obligaban sin otra constricción que la reverencia de su uso. Ese pequeño Estado se había mantenido desde tiempo inmemorial en una condición tan dichosa que ningún juez vecino se había preocupado por informarse de su interés, ningún abogado se había dedicado a darles consejos, ni ningún extraño había sido llamado para apaciguar sus querellas; y jamás se había visto a nadie de la comarca pidiendo limosna. Evitaban las alianzas y el trato con el otro mundo para no alterar la pureza de su gobierno. Hasta el extremo que, según cuentan, uno de ellos, al que, por la memoria de sus padres, una noble ambición aguijoneaba el alma, tuvo la ocurrencia, para dar prestigio y reputación a su nombre, de convertir a uno de sus hijos en un maestro Juan o maestro Pedro; y, tras hacer que le enseñaran a escribir en una localidad vecina, hizo de él un buen notario de pueblo. Éste, al hacerse mayor, empezó a desdeñar sus antiguas costumbres, y a meterles en la cabeza la pompa de las regiones de este lado. Al primero de sus compadres al que descornaron una cabra le aconsejó que pidiera cuentas a los jueces reales de los alrededores, y de éste a otro, hasta que lo hubo bastardeado todo. Después de esta corrupción, dicen que surgió de inmediato otra más grave, por obra de un médico a quien se le antojó casarse con una de sus muchachas y asentarse entre ellos. Éste empezó a enseñarles por primera vez el nombre de las fiebres, de los catarros y de los abscesos, la situación del corazón, del hígado y de los intestinos, que era una ciencia hasta entonces muy alejada de su conocimiento; y en vez del ajo con el que habían aprendido a rechazar toda suerte de enfermedades, por violentas y extremas que fuesen, los acostumbró, por una tos o por un enfriamiento, a tomarse las mixtiones extranjeras, y empezó a mercadear no sólo con su salud, sino también con su muerte. Juran que sólo a partir de entonces advirtieron que el sereno les producía pesadez en la cabeza, que beber cuando se tiene calor les perjudicaba, y que los vientos del otoño eran más dañinos que los de la primavera; que, desde que emplean esta medicina, se encuentran abrumados por una legión de enfermedades inhabituales, y que notan una merma general de su antiguo vigor, y sus vidas recortadas a la mitad. Éste es el primero de mis relatos.