Los ensayos

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Y de algún otro a quien también le ha servido que un amigo le haya asegurado que disponía de una contrabatería de encantamientos infalibles para protegerlo. Será mejor que cuente cómo fue. Un conde de muy buena familia, del cual yo era muy íntimo, se casaba con una hermosa dama que había sido pretendida por uno de los asistentes a la fiesta.[24] Sus amigos estaban muy inquietos, y sobre todo una vieja dama, parienta suya, que presidía las nupcias y las celebraba en su casa, temerosa de tales hechizos, cosa que me comunicó. Le pedí que lo dejara en mis manos. Yo tenía por casualidad, en mis cofres, cierta piececilla plana de oro, donde estaban grabadas unas figuras celestes contra las quemaduras del sol y para calmar el dolor de cabeza.[25] Había que ponerla justo en la sutura del cráneo, y, para sujetarla, estaba cosida a una cinta que se ataba bajo la barbilla. —Un desvarío hermano de aquel del que estamos hablando—. Jacques Peletier, viviendo en mi casa, me había hecho este singular regalo.[26] Se me ocurrió darle algún uso, y le dije al conde que podía sufrir, como los demás, algún contratiempo, pues había allí hombres capaces de querer procurárselo, pero que se acostara sin temor, que yo le brindaría un truco de amigo, y no escatimaría, en caso de necesidad, el milagro que estaba en mi poder realizar —con tal de que me prometiera, bajo palabra de honor, mantenerlo muy fielmente en secreto—. Tan sólo, dado que acudiríamos por la noche a llevarle un refrigerio, tenía que hacerme determinado signo si las cosas le habían ido mal.


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