Los ensayos

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En lo poco que ha estado en mis manos negociar entre nuestros príncipes, en medio de las divisiones y subdivisiones que hoy nos desgarran, he evitado con sumo cuidado que se equivocaran sobre mí y se confundieran sobre mi apariencia.[9] La gente del oficio se mantiene tan velada, y se presenta y se finge tan neutral y conciliadora, como puede. Yo, por mi parte, me ofrezco con mis opiniones más vivas y con mi forma más propia. ¡Qué negociador más tierno y novato, que prefiere fracasar en su misión a fallarse a sí mismo! Con todo he tenido hasta ahora tanta suerte —pues sin duda la fortuna es el elemento fundamental— que pocos han pasado de un lado al otro con menos sospecha, más favor y más familiaridad. Tengo una manera de ser abierta, propicia a presentarse y a granjearse la confianza en los primeros encuentros. La naturalidad y la pura verdad resultan todavía oportunas y son aceptadas en cualquier siglo. Y, además, la libertad de quienes actúan sin ningún interés propio es poco sospechosa y poco detestable; y éstos pueden, en verdad, emplear la respuesta de Hipérides a los atenienses que lamentaban la violencia de sus palabras: «Señores, no miréis si soy libre, sino si lo soy sin coger nada y sin promover de ese modo mis intereses».[10] Mi libertad también me ha descargado fácilmente de la sospecha de simulación por su vigor —pues no he dejado de decir nada por grave e hiriente que fuera; ausente, no habría podido decir nada peor—, y porque tiene una apariencia manifiesta de simplicidad y despreocupación. Al actuar no pretendo otro provecho que actuar, y no añado largas consecuencias ni propuestas. Cada acción desempeña su papel de modo particular. Que acierte si puede.


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