Los ensayos
Los ensayos Tal cosa puede permitirse con respecto a los asuntos de los vecinos; y Gelón, tirano de Siracusa, tuvo así en suspenso su inclinación en la guerra de los bárbaros contra los griegos, manteniendo una embajada en Delfos, con regalos, para acechar de qué lado caía la fortuna, y aprovechar la ocasión en el momento oportuno para que le concillara con los vencedores.[19] Sería una especie de traición obrar de este modo en los asuntos propios y domésticos, en los cuales necesariamente b | debe tomarse partido.[20] Pero que alguien que no tiene ni un cargo ni un mandato expreso que le apremie no se implique, lo encuentro más excusable —y, aun así, no me aplico tal excusa— que en las guerras extranjeras, en las cuales, sin embargo, según nuestras leyes, no interviene quien no quiere. No obstante, aun aquellos que se implican por entero pueden hacerlo con tal orden y moderación que la tormenta deba deslizarse por encima de sus cabezas sin dañarlos. ¿No nos asistía la razón al esperarlo así del difunto obispo de Orleans, el señor de Morvillier?[21] Y conozco a algunos, entre quienes trabajan ahora mismo valerosamente, cuyas costumbres son tan constantes o tan afables que podrán permanecer en pie por más perniciosos que sean el cambio y la caída que el cielo nos depare. Yo sostengo que la animosidad contra los reyes es cosa propia de reyes, y me burlo de esos espíritus que se presentan por propia iniciativa a disputas tan desproporcionadas. No es honorable ni se ajusta al deber, en efecto, entablar una disputa particular con un príncipe para marchar contra él abierta y valerosamente; si no ama a un personaje tal, hace algo mejor, lo estima. Y, ante todo, la causa de las leyes y la defensa del Estado antiguo tienen siempre que los mismos que lo trastornan por un propósito particular, excusan, si no honran, a sus defensores.