Los ensayos
Los ensayos b | Cuando una circunstancia urgente, y un accidente impetuoso e imprevisto de la necesidad de su Estado, lleva al príncipe a faltar a su palabra y a su lealtad,[52] o le precipita de otro modo fuera de su deber ordinario, debe atribuir tal necesidad a un azote divino. No es un vicio, pues ha renunciado a su razón por una razón más universal y poderosa, pero ciertamente es una desdicha. De manera que a alguien que me preguntaba: «¿Qué remedio hay?», «Ninguno», le repliqué; «si se vio realmente forzado entre estos dos extremos» —c | sed uideat ne quaeratur latebra periurio [pero que mire de no buscar un pretexto para el perjurio]—,[53] b | «tenía que hacerlo; pero, si lo hizo sin lamentarlo, si no le pesó hacerlo, es un signo de que su conciencia se halla en malas condiciones».