Los ensayos

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Se señala con razón la indócil libertad de este miembro, que se injiere de modo tan importuno cuando no nos hace falta, y nos falla de modo tan importuno cuando más lo necesitamos, que disputa tan imperiosamente la autoridad con nuestra voluntad, y rehúsa con tanta fiereza y obstinación nuestras solicitaciones mentales y manuales.[31] Aun así, en cuanto a recriminarle su rebelión y sacar de ahí la prueba de su culpa, si me hubiera pagado por defender su causa, tal vez haría recaer en nuestros demás miembros, sus compañeros, la sospecha de haberle planteado esta querella ficticia por pura envidia de la importancia y de la dulzura de su uso, y de haber conjurado al mundo en su contra, acusándole malignamente, sólo a él, de su falta común. Os invito a pensar, en efecto, si hay una sola parte de nuestro cuerpo que se niegue a menudo a actuar conforme a nuestra voluntad, y que no se ejerza con frecuencia en contra de nuestra voluntad. Cada una de ellas tiene pasiones propias, que las despiertan y adormecen sin nuestro permiso. ¡Cuántas veces los movimientos involuntarios de nuestra cara descubren los pensamientos que manteníamos secretos y nos traicionan ante los presentes! La misma causa que anima a este miembro, anima también, sin nuestro conocimiento, al corazón, al pulmón y al pulso. La visión de un objeto agradable difunde imperceptiblemente en nosotros la llama de una emoción febril. ¿Son sólo esos músculos y esas venas los que se alzan y se inclinan, sin el consentimiento no ya de nuestra voluntad sino ni siquiera de nuestro pensamiento? No mandamos a nuestros cabellos que se pongan de punta, ni a nuestra piel que se estremezca de deseo o de temor. La mano va con frecuencia allá donde no la enviamos. La lengua se paraliza, y en ocasiones la voz se detiene. Precisamente cuando, sin nada que llevarnos a la boca, se lo prohibiríamos de buena gana, el deseo de comer y de beber no deja de excitar las partes que le están sujetas, ni más ni menos que lo hace este otro deseo[32] —y nos abandona del mismo modo, importunamente, cuando se le antoja—. Los órganos que sirven para descargar el vientre tienen sus propias dilataciones y contracciones, al margen y en contra de nuestra opinión, como los que están destinados a descargar los testículos. Y, el hecho que alega san Agustín para autorizar la potencia de nuestra voluntad,[33] haber visto a uno que ordenaba a su trasero tirarse todos los pedos que se le antojaban[34] —y que Vives supera con otro ejemplo de su época, de pedos orquestados según el tono de las palabras[35] que pronunciaban ante él—,[36] no supone tampoco la completa obediencia de ese miembro. Porque ¿hay acaso otro que sea de ordinario más indiscreto y tumultuoso? Además, conozco uno tan turbulento y rebelde que hace cuarenta años que fuerza a su amo a peer con un aliento y una obligación constantes e irremisibles, y lo conduce así a la muerte. Y ojalá no supiera sino por las historias cuántas veces nuestro vientre, por rehusarle un solo pedo, nos lleva hasta las puertas de una muerte muy angustiosa; y ojalá ese emperador que nos otorgó libertad para peer por todas partes, nos hubiese dado el poder de hacerlo.[37] Pero, a nuestra voluntad, por cuyos derechos presentamos este reproche, ¡con cuánta mayor verosimilitud podemos tacharla de rebelión y sedición por su desorden y desobediencia! ¿Acaso quiere siempre lo que querríamos que quisiera? ¿No es cierto que a menudo quiere lo que le prohibimos querer y con evidente perjuicio nuestro? ¿Se deja más que aquél guiar por las conclusiones de nuestra razón?


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