Los ensayos
Los ensayos Estando el otro dÃa en Armagnac, en la tierra de uno de mis parientes, vi a un campesino al que todo el mundo llama «el ladrón». Contaba asà su vida: habÃa nacido mendigo, y, al descubrir que ganándose el pan con el trabajo de sus manos nunca llegarÃa a fortificarse lo bastante contra la indigencia, tuvo la ocurrencia de hacerse ladrón; y habÃa dedicado a este oficio toda su juventud con seguridad, gracias a su fuerza corporal, pues cosechaba y vendimiaba las tierras de otros, pero lo hacÃa a gran distancia, y con montones tan grandes que era inimaginable que en una noche un hombre se hubiera llevado tanto a cuestas; y se cuidaba, además, de igualar y de distribuir el daño que inferÃa, de modo que el perjuicio fuese menos insoportable para cada particular. Ahora, en su vejez, es rico para un hombre de su condición, gracias a este tráfico, que confiesa abiertamente. Y para acomodarse con Dios sobre sus ganancias, dice que se esfuerza todos los dÃas en reparar con favores a los herederos de aquellos a quienes robó; y si no lo logra del todo —pues no puede atender a todo a la vez—, que lo encargará a sus herederos, en razón del conocimiento que sólo él tiene del daño que causó a cada cual. Con arreglo a esta descripción, sea verdadera o falsa, éste mira el robo como una acción deshonesta, y la aborrece, pero menos que la indigencia; se arrepiente de él por sà mismo, pero, en la medida que era contrarrestado y compensado de ese modo, no se arrepiente. No se trata del hábito que nos asimila al vicio, y que le acomoda aun nuestro entendimiento; ni se trata del viento impetuoso que nos confunde y ciega a intervalos el alma, y que nos precipita por un instante, incluso al juicio, en poder del vicio.