Los ensayos
Los ensayos En cuanto a mÃ, puedo desear en general ser otro; puedo condenar mi forma general y disgustarme de ella, y suplicar a Dios por mi completa reforma y por la disculpa de mi flaqueza natural. Pero a esto no debo llamarlo arrepentimiento, me parece, como tampoco a mi desagrado por no ser ni ángel ni Catón. Mis acciones se ajustan y acomodan a lo que soy, y a mi condición. No puedo hacerlo mejor. Y el arrepentimiento no afecta propiamente a las cosas que no están en nuestro poder, aunque sà el lamento. Imagino infinitas naturalezas más altas y más rectas que la mÃa. No corrijo, sin embargo, mis facultades; tampoco mi brazo ni mi espÃritu se vuelven más vigorosos porque conciba otros que lo sean. Si imaginar y desear una actuación más noble que la nuestra comportara el arrepentimiento de la nuestra, tendrÃamos que arrepentirnos de nuestras acciones más inocentes. En efecto, juzgamos que en una naturaleza más excelente habrÃan sido llevadas a cabo con mayor perfección y dignidad; y querrÃamos hacer lo mismo. Cuando comparo el comportamiento de mi juventud con mi vejez, me parece que lo regà en general con orden, de acuerdo conmigo mismo. Es cuanto puede mi resistencia. No me halago; en las mismas circunstancias, yo serÃa siempre asÃ. No es una mácula, es más bien una tintura general que me tiñe. No conozco el arrepentimiento superficial, mediano y de ceremonia. Tiene que afectarme por todos lados antes de que lo llame asÃ, y tiene que herirme las entrañas y afligÃrmelas con la misma profundidad con que Dios me ve, y con la misma universalidad.[42]