Los ensayos
Los ensayos c | ¡Qué miserable suerte de remedio deber la salud a la enfermedad![48] No le incumbe a nuestra desgracia cumplir esta tarea; le incumbe a la felicidad de nuestro juicio. Las heridas y las aflicciones no me empujan sino a maldecirlas. Eso es bueno para la gente que sólo se despierta a latigazos. Mi razón sigue un curso más libre en la prosperidad. Está mucho más distraÃda y ocupada digiriendo las desgracias que los placeres. Veo con mucha mayor claridad cuando el tiempo es apacible. La salud me advierte con más alegrÃa, y también con más provecho, que la dolencia. Me he encaminado, en la medida de mis fuerzas, hacia mi corrección y mejora cuando podÃa gozar de ellas. Me darÃa vergüenza y rabia que la miseria y el infortunio de mi vejez fuesen preferibles a mis años buenos, llenos de salud, despiertos, vigorosos. Y que hubiesen de estimarme no por lo que he sido, sino por lo que he dejado de ser. En mi opinión, es vivir felizmente, no, como decÃa AntÃstenes, morir felizmente, lo que constituye la dicha humana.[49] No me he esforzado en unir monstruosamente la cola de un filósofo a la cabeza y al cuerpo de un hombre perdido; ni en que este pobre extremo pueda desautorizar y desmentir la parte más bella, completa y dilatada de mi vida. Quiero presentarme y mostrarme uniformemente en todo. Si tuviese que volver a vivir, volverÃa a vivir como he vivido. Ni lamento el pasado ni temo el futuro. Y, si no me engaño, por dentro ha ido más o menos como por fuera. Uno de los principales reconocimientos que debo a mi fortuna es la conducción del curso de mi estado fÃsico con cada cosa a su tiempo. He conocido las hojas y las flores y el fruto; y conozco la sequedad. Felizmente, porque es naturalmente. Afronto con mucha mayor paciencia los males que sufro porque llegan en su momento, y también porque me hacen recordar con más favor la larga felicidad de mi vida pasada. De igual modo, mi sabidurÃa tiene acaso la misma talla en uno y otro tiempo, pero era mucho más eficaz y amable cuando era vigorosa, alegre y natural, que ahora, achacosa, gruñona, forzada. Renuncio, pues, a estas reformas accidentales y dolorosas.