Los ensayos

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Este otro relato es del mismo orden. Atalanta, muchacha de magnífica belleza y extraordinarias aptitudes, para librarse de la muchedumbre de mil pretendientes que la pedían en matrimonio, les dio esta regla: aceptaría a aquel que la igualara en la carrera, con la condición de que quienes fallaran perdiesen la vida. Fueron bastantes los que consideraron el premio merecedor del riesgo y los que incurrieron en los castigos previstos por este cruel acuerdo. Hipómenes, al que correspondía probar suerte después de los demás, se dirigió a la diosa protectora del ardor amoroso[7] para llamarla en su auxilio. Ésta, atendiendo su plegaria, le proporcionó tres manzanas de oro y le instruyó sobre su empleo. Una vez empezada la carrera, a medida que Hipómenes percibía que su amada le pisaba los talones, dejaba escapar, como por inadvertencia, una de las manzanas. La muchacha, detenida por su belleza, se desviaba para cogerla:

Obstupuit uirgo, nitidique cupidine pomi

declinat cursus, aurumque uolubile tollit.[8]

[La doncella se aturde y, deseando la brillante manzana,

abandona la carrera y coge el oro rodante].

Lo mismo hizo, en su momento, con la segunda y la tercera, hasta que, gracias a tal desvío y diversión, la victoria en la carrera fue para él.[9]


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