Los ensayos

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La otra lección es demasiado elevada y difícil. Corresponde a los de la primera clase detenerse simplemente en la cosa, examinarla, juzgarla. Sólo conviene a un Sócrates tratar a la muerte con semblante común, acostumbrarse a ella y tomarla a broma. Éste no busca consuelo fuera de la cosa misma; morir le parece un accidente natural e indiferente; fija precisamente ahí la vista, y se resuelve a ello sin mirar hacia otra parte. Los discípulos de Hegesias, que se dejan morir de hambre, enardecidos por los bellos discursos de sus lecciones c | —y en tan gran número que el rey Ptolomeo le hizo prohibir seguir alimentando a su escuela con esos discursos homicidas—,[11] b | no consideran la muerte en sí, no la juzgan. No detienen su pensamiento en ella; corren, se dirigen hacia un ser nuevo. Esa pobre gente a la que vemos en el cadalso, henchida de una ardiente devoción, que ocupa todos sus sentidos en la medida de sus fuerzas —los oídos en las instrucciones que les imparten, los ojos y las manos dirigidos al cielo, la voz dedicada a nobles rezos, con una emoción violenta y continua—, hacen ciertamente una cosa loable y conveniente en tal trance. Es preciso alabar su religiosidad, pero no, en rigor, su firmeza. Rehuyen la lucha; desvían el pensamiento de la muerte, tal y como se distrae a los niños cuando se les quiere clavar una lanceta. He visto a algunos que, si alguna vez su mirada descendía a los horribles preparativos de la muerte que había a su alrededor, se sobrecogían y empujaban su pensamiento con furia hacia otra parte.[12] A quienes pasan sobre un espantoso abismo, se les ordena que cierren o desvíen los ojos.


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