Los ensayos

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El mismo Plutarco echa en falta a su hija por las monerías de su infancia.[38] Nos aflige el recuerdo de un adiós, de una acción, de una gracia particular, de una última recomendación. La ropa de César turbó a Roma entera, cosa que su muerte no había logrado.[39] Hasta el sonido de los nombres, que nos zumba en los oídos: «¡Mi pobre amo!», o «¡Mi gran amigo!», «¡Ay, mi querido padre!», o «¡Mi buena hija!». Cuando me afectan estas repeticiones, y las examino de cerca, me parece que se trata de un lamento gramatical.[40] Me hieren la palabra y el tono —como las exclamaciones de los predicadores conmueven a su auditorio a menudo más que sus razones, y como nos impresiona el grito lastimoso de un animal al que matan para nuestro servicio—, sin que sopese o penetre, entretanto, la sustancia verdadera y sólida de mi objeto:

his se stimulis dolor ipse lacessit;[41]

[el dolor se excita a sí mismo con estos estímulos];

Éstos son los fundamentos de nuestro dolor.



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