Los ensayos
Los ensayos c | La obstinación de mis piedras, especialmente en la verga, me ha precipitado a veces en largas retenciones de orina, de tres, de cuatro días, y me ha adentrado hasta tal extremo en la muerte que habría sido una locura esperar evitarla, incluso desearlo, vistos los crueles sufrimientos que me produce esta situación. ¡Oh, qué gran maestro en el arte de los verdugos era aquel buen emperador que mandaba atar la verga a sus criminales para hacerlos morir por no poder orinar![42] Cuando me encontraba así, pensaba qué ligeras eran las causas y los objetos con que la imaginación alentaba en mí la añoranza de la vida; con qué átomos se forjaba en mi alma el pesar y la dificultad de este desalojo; a qué frívolos pensamientos hacemos sitio en un asunto tan importante: un perro, un caballo, un libro, un vaso y ¿qué no? contaban en mi pérdida. En los demás, sus ambiciosas esperanzas, su bolsa, su ciencia, a mi entender con la misma necedad. Veo la muerte despreocupadamente cuando la veo en general, como el fin de la vida. En conjunto, la domino; al detalle, me acosa. Las lágrimas de un lacayo, el reparto de mis trastos, el contacto de una mano conocida, un consuelo común, me desconsuelan y enternecen.