Los ensayos

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b | Si alguien le pregunta a aquél: «¿Qué interés tienes en el asedio?», dirá: «El interés del ejemplo y de la obediencia común al príncipe; no pretendo provecho alguno; y en cuanto a la gloria, sé la pequeña parte que puede recaer en un particular como yo. No tengo aquí ni pasión ni disputa». Vedle sin embargo al día siguiente, del todo cambiado, febril y enrojecido de cólera, en su puesto de batalla para el asalto. El fulgor de tanto acero y el fuego y el estruendo de nuestros cañones y de nuestros tambores le han arrojado este nuevo rigor y odio en las venas. ¡Frívola causa!, me dirás. ¿Cómo, causa? No hace falta ninguna para agitar el alma. Un ensueño sin cuerpo y sin objeto la domina y la agita. Si me lanzo a hacer castillos en el aire,[51] mi imaginación me fabrica bienes y placeres que realmente me halagan y alegran el alma. ¡Cuántas veces enredamos nuestro espíritu en la ira o en la tristeza por tales sombras, y nos implicamos en pasiones fantásticas que nos alteran el alma y el cuerpo! c | ¡Qué muecas de asombro, risueñas, confusas, suscita el ensueño en nuestros semblantes! ¡Qué arrebatos y agitaciones de miembros y de voz! ¿No parece acaso que este hombre sólo tiene visiones falsas de una multitud de otros hombres con los que está tratando, o cierto demonio interno que le acosa? b | Pregúntate a ti mismo dónde está el objeto de tal mutación. ¿Existe nada en la naturaleza, salvo nosotros, que se sustente en la inanidad, sobre lo cual ésta tenga poder?


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