Los ensayos

Los ensayos

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En mi juventud, para mantenerme en el deber, necesitaba ser advertido e incitado.[1] La vivacidad y la salud no concuerdan muy bien, c | según se dice, b | con los discursos serios y sabios. En el momento presente mi situación es distinta. Las circunstancias de la vejez me advierten ya de sobra, me vuelven sabio y me predican. De la alegría excesiva he pasado a la excesiva severidad, más molesta. Por ello, ahora me abandono un poco al desenfreno adrede; y aplico de vez en cuando el alma a pensamientos retozones y juveniles, en los cuales reposa. Soy ya demasiado sensato, demasiado grave y demasiado maduro. Los años me enseñan todos los días frialdad y templanza. Este cuerpo rehuye y teme el desorden. Es su turno para guiar el espíritu hacia la reforma; le toca a él dar lecciones, y lo hace de manera más dura e imperiosa. Ni dormido ni despierto me deja descansar una hora sin instrucción sobre la muerte, la firmeza y la penitencia. Me defiendo de la templanza como me defendí en otros tiempos del placer. Me empuja demasiado atrás, y hasta la insensibilidad. Ahora bien, quiero ser dueño de mí mismo en todos los aspectos. La sabiduría tiene sus excesos, y no tiene menos necesidad de moderación que la locura. Así, por miedo a que la prudencia me seque, me agote y me abrume, en los intervalos que mis males me conceden,

Mens intenta suis ne siet usque malis,[2]


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