Los ensayos

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b | Fingir me aflige, hasta el punto que evito custodiar los secretos ajenos, pues me falta coraje para dejar de reconocer lo que sé. Puedo callarlo, pero negarlo, no puedo sin esfuerzo y disgusto. Para ser del todo secreto, hay que serlo por naturaleza, no por obligación. Es poco, al servicio de los príncipes, ser secreto si uno no es además mentiroso. Alguien le preguntó a Tales de Mileto si debía negar solemnemente haber cometido adulterio. De habérmelo preguntado a mí, le habría dicho que no debía, porque la mentira me parece aun peor que el adulterio. Tales le dio un consejo muy distinto: que jurase, para así ocultar lo grave mediante lo leve.[33] Sin embargo, este consejo, más que elegir un vicio, lo multiplicaba.

Sobre esto, digamos unas palabras de paso. A un hombre de conciencia, cuando le presentan la disyuntiva entre una dificultad y un vicio, se lo ponen fácil; pero, cuando le encierran entre dos vicios, le plantean una ardua elección, como le sucedió a Orígenes: o se entregaba a la idolatría, o soportaba ser poseído carnalmente por un gran villano etíope que le pusieron delante. Afrontó la primera condición, y equivocadamente, según se dice.[34] Por lo tanto, no carecerían de juicio, de acuerdo con su error, aquellas mujeres que en estos tiempos protestan preferir cargar su conciencia con diez hombres a hacerlo con una misa.[35]


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