Los ensayos
Los ensayos Lo que me parece digno de consideración es que la describe un poco alterada para ser una Venus marital.[50] En este sabio trato, los deseos no resultan tan retozones; son apagados y menos agudos. El amor aborrece que se esté unido por otra cosa que por él, y se añade débilmente a las relaciones que se forman y mantienen con otro pretexto, como es el caso del matrimonio. En él la alianza, los recursos pesan, con razón, tanto o más que las gracias y la belleza. Por más que digan, uno no se casa para sí mismo; uno se casa, tanto o más, para su descendencia, para su familia. El uso y el interés del matrimonio atañen a nuestra estirpe mucho más allá de nosotros. Por eso me agrada la costumbre de que lo organice más bien una tercera mano que las propias, y más bien un juicio ajeno que el suyo. ¡Todo esto cómo se opone a las convenciones amorosas! Además, es una suerte de incesto emplear, en este parentesco venerable y sagrado, los impulsos y las extravagancias de la licencia amorosa, como me parece haber dicho en otro sitio.[51] Es preciso, dice Aristóteles, tocar a la esposa de manera prudente y severa, no sea que acariciándola con excesiva lascivia el placer la saque de las casillas de la razón.[52] Lo que él dice por la conciencia, los médicos lo dicen por la salud.[53] Porque un placer excesivamente encendido, voluptuoso y asiduo altera el semen e impide la concepción. Dicen, por otra parte, que para colmar una cópula languideciente, como lo es ésta por naturaleza, de justo y fértil calor, hay que ofrecerse a ella raramente y a notables intervalos: