Los ensayos
Los ensayos b | ¡Oh, qué furiosa ventaja la oportunidad! Si alguien me preguntase por la primera cualidad en el amor, le responderÃa que es saber aprovechar el momento; la segunda, otro tanto, y también la tercera. Es un punto que lo puede todo. Con frecuencia me ha faltado la fortuna, pero a veces también la iniciativa. Que Dios libre de mal a quien todavÃa pueda burlarse de ello. En este siglo se requiere más temeridad, que los jóvenes de hoy excusan con el pretexto del ardor. Pero si ellas lo mirasen de cerca, verÃan que procede más bien del desprecio. Yo tenÃa un miedo supersticioso a ofender, y suelo respetar lo que amo. Además, si alguien elimina la reverencia de esta mercancÃa, la priva de brillo. A mà me gusta que se haga un poco el niño, el tÃmido y el servidor. Si no del todo en este asunto, en otras cosas tengo ciertas trazas de aquella necia vergüenza de la que habla Plutarco;[149] y el curso de mi vida ha sido herido y manchado de distintas maneras por ella —cualidad muy poco acorde con mi forma universal; ¿qué somos, por lo demás, sino sedición y discrepancia?—. A mis ojos les cuesta soportar las negativas, también darlas. Y tanto me pesa pesar a los demás que, cuando el deber me obliga a poner a prueba la voluntad de alguien en un asunto dudoso y difÃcil para él, lo hago débilmente y a regañadientes. Pero, si es en mi interés c | —aunque Homero diga con razón que en el indigente la vergüenza es una virtud necia—,[150] b | suelo encargarle a un tercero que se ruborice en mi lugar. Y rechazo a quienes me emplean con la misma dificultad, hasta el punto que a veces me ha sucedido que tenÃa la intención de decir no sin fuerza para hacerlo.