Los ensayos
Los ensayos Es, por tanto, una locura intentar contener en las mujeres un deseo que para ellas es c | tan vivo y b | tan natural. Y cuando las oigo ufanarse de poseer una voluntad tan virgen y tan fría, me río de ellas. Se echan demasiado atrás. Si se trata de una vieja desdentada y decrépita, o de una joven seca y neumónica, aunque no sea del todo creíble, al menos tiene motivos para decirlo. Pero las que todavía se mueven y respiran, agravan su caso, pues las excusas imprudentes valen como acusación.[151] Así, un gentilhombre vecino mío, del que se sospechaba que era impotente,
Languidior tenera cui pendens sicula beta
nunquam se mediam sustulit ad tunicam,[152]
[Su daguita, que le cuelga más floja que una acelga mojada,
nunca se le ha levantado hasta el medio de la túnica],
tres o cuatro días después de su boda, juró con gran osadía, para justificarse, que la noche anterior había realizado veinte cargas, de lo cual se han servido después para acusarlo de pura ignorancia y para separarlo.