Los ensayos
Los ensayos Un joven preguntó al filósofo Panecio si al sabio le convenía enamorarse. «Dejemos al sabio», respondió; «pero tú y yo, que no lo somos, no nos impliquemos en una cosa tan agitada y tan violenta, que nos esclaviza a otro y nos hace despreciables ante nosotros mismos».[286] Estaba en lo cierto. No debe confiarse una cosa de suyo tan impetuosa a un alma que no tenga capacidad de resistir sus embates, y capacidad de rebatir con los hechos la sentencia de Agesilao: que la prudencia y el amor no pueden ir juntos.[287] Se trata de una vana ocupación, es cierto, inconveniente, vergonzosa e ilegítima. Pero, si se la conduce de esta manera, la considero saludable, apropiada para desentumecer un espíritu y un cuerpo pesados. Y, como médico, la prescribiría a un hombre de mi tipo y condición de tan buena gana como cualquier otro remedio, para despertarlo y mantenerlo fuerte hasta una edad muy avanzada, y para retrasar en él la influencia de la vejez. Mientras sólo estemos en los arrabales y el pulso nos siga latiendo:
Dum noua canities, dum prima et recta senectus,
dum superest Lachesi quod torqueat, et pedibus me
porto meis, nullo dextram sebeunte bacillo,[288]