Los ensayos
Los ensayos b | A mi entender no pasa por la imaginación humana ninguna fantasía tan enloquecida que no se corresponda con el ejemplo de algún uso público, y por consiguiente que nuestra razón no apoye y fundamente. Existen pueblos donde se vuelve la espalda para saludar y donde jamás se mira a quien se pretende honrar. Los hay donde, cuando el rey escupe, la dama favorita de la corte tiende la mano; y en otra nación los más encumbrados entre quienes le rodean se agachan al suelo para recoger su inmundicia en un paño.[18]
c | Hagamos sitio ahora para un cuento. Un gentilhombre francés se sonaba siempre la nariz con la mano, cosa muy opuesta a nuestra costumbre. Defendiendo su posición al respecto —y era famoso por sus ocurrencias—, me preguntó de qué privilegio gozaba ese sucio excremento para que le dispusiéramos un hermoso paño delicado para recogerlo, y luego, además, para empaquetarlo y encerrarlo cuidadosamente encima nuestro; que tal cosa debía producir más dolor en el corazón[19] que verlo arrojar en cualquier sitio, como hacemos con nuestras demás inmundicias. Me pareció que no le faltaba del todo razón en lo que decía; y la costumbre me había arrebatado la percepción de esta extrañeza, que sin embargo encontramos sumamente horrorosa cuando se cuenta de otro país.