Los ensayos
Los ensayos Las grandes almas van mucho más allá, y presentan huidas no ya tranquilas y sanas, sino orgullosas. Aduzcamos la que Alcibíades cuenta de Sócrates, su compañero de armas: «Me lo encontré», dice, «tras la derrota de nuestro ejército, a él y a Laques, que estaban entre los últimos que huían; y le observé a mi gusto y sin riesgo alguno, porque yo montaba un buen caballo, mientras que él iba a pie, tal como habíamos luchado. Me fijé, en primer lugar, en la presencia de ánimo y la entereza que mostraba en comparación con Laques, y, luego, en la bravura de su paso, en nada distinto del suyo habitual, en su mirada firme y serena, que observaba y juzgaba los que sucedía a su alrededor, dirigida ahora a unos, después a otros, a amigos y enemigos, de manera que a unos les infundía valor, y a otros les indicaba que vendería muy cara su sangre y su vida si alguien intentaba quitárselas; y así fue como se salvaron, porque a éstos no se les suele atacar; se persigue a los que sucumben al terror».[7] He aquí el testimonio de este gran capitán, que nos enseña lo que comprobamos todos los días: que nada nos pone tanto en peligro como el afán inmoderado de librarnos de él —Quo timoris minus est, eo minus ferme periculi est[8] [Cuanto menos miedo se tiene, menos peligro se corre]—. b | Nuestro pueblo se equivoca al decir «Éste teme la muerte», cuando pretende expresar que piensa en ella y la prevé. La previsión conviene igualmente a lo que nos afecta para bien y para mal. Considerar y juzgar el peligro es en cierta medida lo contrario de aturdirse por él.