Los ensayos

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b | Por tanto, los preceptores de la infancia de los príncipes, que se jactan de infundirles la virtud de la largueza, y que les predican no saber rehusar nada, y no considerar nada tan bien empleado como aquello que donan —enseñanza que en estos tiempos he visto gozar de gran crédito—, o bien miran más por su propio provecho que por el de su amo, o bien entienden mal a quiénes hablan. Es demasiado fácil infundir la generosidad en quien posee recursos para atender a todos sus antojos, a costa ajena. c | Y, dado que su valoración no se regula por la medida del regalo, sino por la medida de los medios de quien lo otorga, deviene vana en manos tan poderosas. Resultan pródigos antes que generosos. b | Por eso es poco recomendable, en comparación con otras virtudes reales, y la única, como decía el tirano Dionisio, que se compadece bien con la tiranía misma.[24] Yo preferiría enseñarle este versecillo del viejo labrador:

Tῇ χειρὶ δεῖ σπείρειν, ἀλλὰ μὴ ὃλῳ τῷ θυλακῷ,[25]

que si alguien quiere sacar provecho, debe sembrar con la mano, no verter del saco c | —hay que esparcir el grano, no derramarlo—; b | y que, al tener que dar o, por decirlo mejor, pagar y restituir a tanta gente según sus servicios, debe ser un dispensador leal y sagaz. Si la generosidad de un príncipe carece de discreción y de medida, lo prefiero avaro.


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