Los ensayos

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b | Además, a los súbditos que son espectadores de tales triunfos, les parece que les exhiben sus propias riquezas, y que les festejan a su costa. Los pueblos, en efecto, suelen presuponer de los reyes, como nosotros lo hacemos de nuestros criados, que deben esmerarse en prepararnos en abundancia todo cuanto precisamos, pero que, por su parte, no deben tocar nada. Y por eso el emperador Galba, que se deleitó durante una cena con un músico, mandó que le trajeran su arca, y le entregó el puñado de escudos que pescó con estas palabras: «Esto no es del erario público, es mío».[21] Lo cierto es que en la mayoría de ocasiones sucede que el pueblo tiene razón, y que le alimentan los ojos con aquello con lo que habría que alimentar su vientre. La liberalidad misma no posee todo su brillo en manos soberanas; los particulares tienen más derecho a ello. En efecto, si lo entendemos de manera exacta, un rey nada posee propiamente suyo; él mismo se debe a otros.[22] c | La jurisdicción no se ejerce en favor del justiciador, sino en favor del justiciado. A un superior jamás se le hace para su provecho, sino para provecho del inferior, y a un médico, para el enfermo, no para sí mismo. Toda magistratura, como todo arte, proyecta su fin fuera de ella. Nulla ars in se uersatur[23] [Ningún arte se encierra en sí mismo].



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